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30/06/2012 Sociedad

Mitos, leyendas y aguafuertes de Pilar: ¡Casi lo afanan por soleares!

Juan Mirelles nunca fue miembro de la Sociedad Española de Pilar pero, como tenía allí a varios amigos, siempre rondaba el antiguo edificio que ocupaba la entidad en la esquina de Pedro Lagrave y Belgrano.

Hijo único de un matrimonio manchego, labradores resistentes a los trabajos más duros y de pocas pero certeras palabras, el muchacho fue la antítesis de sus progenitores.

Pese a los ruegos de la madre y a las amenazas del padre que soñaba con “el hijo doctor”, Juan no llegó a terminar la escuela primaria. Tampoco fue posible convencerlo para que ayudase en el campo que la familia trabajaba cerca de la estancia La Montonera y, cuando lograron emplearlo en un forraje de Pilar, el patrón lo despidió al segundo día por esconderse a fumar entre los fardos de alfalfa.

Recién a los veintitrés años Juan comenzó a ganarse la vida levantando quiniela clandestina. En esa tarea se sentía a gusto y llegó a esforzarse tanto que no tardó en resarcir a sus padres por haberle aguantado tantos años de inactividad. Con entusiasmo inusitado les reconstruyó la casita humilde en la que él mismo había nacido y la llenó con muebles de estilo provenzal, los preferidos de su madre. Precisamente en las patas ahuecadas de la pesada mesa del comedor, el muchacho atesoraba sus ahorros en rollitos hechos con los billetes de mayor valor.

Aquella tarde, después de pasar las jugadas, Juan pasó a buscar a sus amigos por la Sociedad Española y allí quedó deslumbrado por la belleza de Maricarmen de Triana, nombre artístico de Josefa Macho quien, acompañada por su padre rengo, trataba de hacerse contratar para actuar en las romerías que se llevarían a cabo en el patio de la sede social.

Maricarmen tenía veinte años, había nacido en Granada y llegó al país como integrante de la compañía flamenca de María Antinea, una cantaora gitana que, años después, fue a parar a la cárcel por una estafa que se le habría descubierto antes de que pudiese regresar a España.

Juan Mirelles logró que le presentasen a la joven y, cuando esta le habló con su particular ceceo andaluz, el encanto terminó de completarse y el muchacho quedó derretido como hielo junto al fuego.

La granadina, con su esplendorosa sonrisa, lo invitó a visitarla en el tablado flamenco porteño donde, desvinculada de la Antinea, desarrollaba su arte, y hacia allí marchó Juan, bien vestido y mejor perfumado, un sábado de agosto.

Tras las sevillanas, peteneras y fandangos que la bailadora y cantante interpretaba con singular gracia dirigiendo simpáticos guiños al encandilado pilarense, el joven fue conducido hasta el camarín. Allí, entre trajes de cola repletos de volados y lunares, peinetones de carey, mantones con flecos y claveles artificiales, Juan divisó la piel aceitunada de Maricarmen apenas cubierta por una bata transparente.

Esa noche salieron juntos, cenaron, bebieron y faltó muy poco para que el muchacho alcanzase el paraíso en sus brazos, pero la gitanilla se había puesto triste y el ardor incial se convirtió en una frágil llama. Poco antes de despedirse, cuando la acompañó hasta la puerta de la pensión para artistas de la calle Perú, la cantante le confesó con lágrimas en los ojos la causa de sus preocupaciones: el trabajo escaseaba en Buenos Aires. El género español estaba en plena retirada porque el público se volcaba a los espectáculos donde comenzaba a surgir la denominada “nueva ola”.

Le contó también que, con el padre rengo y la madre inválida, era la única que aportaba dinero para mantener a la familia. Le confesó que, de todas maneras, habían decidido quedarse en la Argentina porque confiaban en que la situación mejoraría para ellos cuando llegase de España el importe obtenido por la venta de la gran casa, los muebles y el cortijo que poseían al pie de la Sierra Nevada.

El bueno de Juan, antes de separarse de la muchacha y aunque no se lo dijo, ya había decidido cómo borrar la tristeza de sus ojos: le prestaría una importante suma de dinero que ella le devolvería cuando llegasen las pesetas desde la península.

El viernes siguiente sacó los ahorros guardados en las patas de la mesa, le pidió incluso a su madre que le facilitase los suyos y con la abultada suma dispersa en los bolsillos de su traje, marchó hacia el tablado en que se lucía la gitanita.

Llegó temprano. El estrecho local estaba casi desierto y cuando le preguntó a un camarero por Maricarmen, el hombre le informó que aún no había llegado pero que, si deseaba hablar con el marido, podía encontrarlo en una de las mesas del fondo.

Anonadado, el muchacho dirigió su mirada hacia donde le indicaban y donde, dándole la espalda, un tipo enorme hacía cuentas en la penumbra.

-Pero… ¿Ese no es el padre de Maricarmen?-

-¡Qué va! Es su marido… ¡Bah! Es el hombre que vive con ella. Juntos han hecho caer ya a más de un incauto. Ándese usted con cuidado si va a tener negocios con la parejita – le advirtió.

En ese momento, el hombre de la mesa del fondo se puso de pie y pasó a su lado sin reconocerlo. Para su mayor sorpresa, ni rengueaba.

Juan Mirelles volvió a Pilar con todo el dinero en los bolsillos pero con el orgullo hecho trizas.

Cuentan que, llegado al bar Apolo, en la calle Rivadavia, se pescó tal borrachera que fue necesario llevarlo hasta su casa, donde los padres lo desvistieron y acostaron para que durmiese su curda soñando con la gitanita ladrona.

 

            

 

 

 


Comentarios

5 Comentarios Dejá tu comentario

s.s.

Muy divertida la forma en que contaron la historia, pero el apellido del personaje del vago empezaba con "Y " y era medio pariente mio.

2012-06-30

edgardo

buena historia,la verdad si empieza con y ni idea de quien era la historia....jaajjajja

2012-06-30

fernandito

bien contado, pero la fórmula siempre es la misma: inventar una historia, meterle en el medio lugares o calles de Pilar y entonces disfrazarlo de "mito pilarense".

2012-06-30

tony

Ahora se me despierta la curiosidad por saber quien era Juan. Si no fuese hijo de españoles, creo que lo adivino

2012-06-30

susana

Fernandito en este tipo de relatos la veracidad de la histria importa muy poco. Lo interesante es la descripción del marco que la hace posible y, en ese marco siempre reconocemos a Pilar. Además, la mayoría de las historias son conocidas por nosotros, los pilarenses por eso, las que tenemos oportunidad, las hacemos leer en las escuelas.

2012-06-30
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